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Una mirada polivagal a la salud mental durante y post COVID-19

Una mirada polivagal a la salud mental durante y post COVID-19

Una de las grandes lecciones que nos ha dejado la pandemia del coronavirus es la importancia de partir del modelo neurobiológico de la teoría polivagal para hacer sentido de la forma en la que nuestro cuerpo y cerebro responden ante la amenaza y la seguridad.

La teoría polivagal, creada por el Dr. Stephen Porges, proporciona un mapa del estado de nuestro sistema nervioso autónomo que consta de tres etapas o respuestas evolutivas: seguridad y conexión (vía ventral del sistema parasimpático), lucha o huida (sistema simpático de movilización) e inmovilización (vía vagal dorsal del sistema parasimpático).

Se trata de una secuencia de eventos biológicos que la psicóloga Deb Dana, pionera en implementar la teoría polivagal en terapia, describe como una escalera que subimos y bajamos a través de lo que Porges llama “neurocepción”, que es la capacidad del sistema nervioso para distinguir si el entorno es seguro o peligroso.

“Desde una perspectiva polivagal será útil investigar cómo la crisis de COVID-19 nos lleva a estados fisiológicos de amenaza que interrumpirían nuestra conectividad y pondrían en riesgo nuestra salud mental y física”, señala el neurocientífico en un artículo publicado en el journal Clinical Neuropsychiatry.

Como explica Dana en un artículo publicado en la revista Psychotherapy Networker, “la COVID-19 ha presentado una barrera enorme para nuestra necesidad biológica de conexión. En lugar de nutrir nuestro sistema nervioso estando con otros, solemos estar solos, detrás de un cubrebocas, a dos metros de distancia, sintiendo el gran impacto de la desconexión”.

Ante un contexto de amenaza como el que atravesamos, “nuestro sistema nervioso está siendo desafiado simultáneamente por demandas incompatibles que exigen tanto evitar el contacto con el virus como cumplir nuestro imperativo biológico de conectar con otros para sentirnos tranquilos y seguros”, apunta Porges. “Estas paradójicas demandas requieren diferentes estados neurofisiológicos”.

¿Qué pasa cuando detectamos peligro?
Nuestro sistema nervioso autónomo activará una respuesta de movilización para intentar escapar y, de no ser posible, pelear. La movilización, ubicada debajo del sistema de seguridad y conexión social en la escalera polivagal, puede experimentarse como ansiedad crónica, irritabilidad o una ira abrumadora, por ejemplo.

“Evitar infectarse desencadena una estrategia de movilización crónica que regula a la baja nuestra capacidad para calmarnos a través de la comunicación y la conexión social”, expresa el también director del Consorcio de Investigación de Estrés Traumático del Instituto Kinsey, iniciativa de investigación de la Universidad de Indiana, en Bloomington.

¿Y si no podemos huir ni luchar?

Bajaremos al nivel inferior de la escalera, donde se encuentra el sistema de inmovilización. Un cuerpo inmovilizado responde con síntomas como pérdida de energía, desesperanza, retraimiento y/o disociación.

Porges aclara que aunque ambas estrategias defensivas -movilización e inmovilización- tienen valores adaptativos para proteger al individuo de cierto tipo de amenazas, interfieren en la corregulación y en la capacidad de sentirnos seguros al estar con otras personas.

Trauma, desregulación y salud mental

Desde la perspectiva de la teoría polivagal, otro aprendizaje importante que trajo consigo la pandemia es el rol fundamental que juega la regulación del sistema nervioso autónomo para mediar el impacto de la adversidad en la salud mental.

Así lo demostró el análisis preliminar de una encuesta realizada por el Dr. Stephen Porges, en colaboración con investigadores de la Universidad de Indiana, a más de mil 500 residentes de Estados Unidos, entre los meses de marzo a mayo del 2020.

En el estudio -en curso-, aquellas personas con historial de trauma reportaron niveles más altos de reactividad autónoma desestabilizada -es decir, un sistema nervioso autónomo que responde a la defensiva con mayor frecuencia-, síntomas de Trastorno por Estrés Postraumático (TEPT), depresión y preocupación relacionada con la COVID-19.

“Estos hallazgos son consistentes con la teoría polivagal y la investigación previa que sugiere que las personas que experimentan adversidad son más propensas a desarrollar respuestas de amenaza crónicas y sensibles a nuevos desafíos”, revela el reporte.

“También son consistentes con investigaciones que sugieren que la desregulación autónoma es un componente de enlace encontrado en una variedad de condiciones clínicas, que incluyen ansiedad, trastornos del control de impulsos, trastorno límite de la personalidad y TEPT”.

El sistema nervioso como brújula

La Teoría Polivagal dice que gran parte de la conducta social y las emociones tienen importantes condicionantes fisiológicos, los cuales son una consecuencia del peculiar modo en que los mamíferos han resuelto la regulación del sistema nervioso autónomo a través del nervio vago

Un estado neurofisiológico que permita acceso a la corregulación es clave para optimizar los procesos homeostáticos que conducen al bienestar físico y mental, indica el Dr. Stephen Porges en la revista científica Clinical Neuropsychiatry.

Sin embargo, como menciona Deb Dana en Psychotherapy Networker, la nueva forma de relacionarnos con el mundo para evitar la propagación del virus representa una renuncia “a importantes oportunidades de corregulación, incluida una profunda sintonía en la presencia de un terapeuta”.

A su vez, la COVID-19 ha evidenciado “la gran adaptabilidad de nuestro sistema nervioso a una nueva realidad y a las maravillas de trabajar virtualmente”, sostiene la terapeuta.

Porges y Dana coinciden en que es complejo practicar la terapia a distancia a medida que intentamos enviar señales de seguridad a nuestros clientes a través de una pantalla. Y también es agotador, pues esto requiere que tanto terapeutas como clientes estemos más “presentes” mientras realizamos las sesiones en línea, asegura el neurocientífico.

“escuchar a nuestro sistema nervioso se convirtió en nuestra guía”.

Deb Dana

Para afrontar este desafío, el especialista dice que necesitamos aprender a compartir sentimientos mediante las plataformas digitales, y no solo palabras. Y recomienda que seamos más conscientes de la expresión facial, la entonación vocal y el gesto de la cabeza, por ejemplo.

En esta “curva de aprendizaje” a la que alude Porges cobra especial importancia prestar atención a las sensaciones corporales.

Ya lo dijo Dana: “escuchar a nuestro sistema nervioso se convirtió en nuestra guía”.

Y agrega: “migrar a digital ciertamente ha sido un desafío, pero ha reforzado la importancia de cultivar la energía regulada que proviene de dos sistemas nerviosos que entran en intimidad autonómica, y nos ha demostrado que es posible lograrlo incluso cuando no compartimos el mismo espacio físico”.


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